Viniste como un rayo de sol entre la niebla hasta la oscura aldea de mi indiferencia, donde yo sobrevivía, entre tenso y tranquilo, viendo entre las sombras la huella
de mis soledades. Y poco a poco abriste, sin que yo lo notara, mi muralla egoísta y entraste en mi castillo. Y yo no lo quería, aferrado a la monotonía, por miedo al cambio.
Casi sin enterarme, todo fue muy distinto, mi carne enamorada y el corazón cautivo, compartiendo contigo mi casa y mi alimento.
¿Por qué me quieres tanto? ¿Por qué me has elegido? Me retiene tu luz, no puedo huir sin rumbo, me siento condenado a abrazarme a tu yugo.