3. Bajo Napoleón Bonaparte y su tío, Monseñor Fesch.
Napoleón puso fin a la Revolución y se convirtió en primer cónsul, además de emperador en la sombra. Sabía lo que quería e hizo todo lo posible para conseguir lo que su ambición le pedía. No se escondía. No renegaba de los logros de la Revolución, pero sabía que un país no puede estar en una revolución permanente. Conocía lo importante que es la religión para estructurar un pueblo, pero quería que cada cosa ocupara su lugar. Así que se puso a la tarea para reformar la Iglesia de Francia. Negoció, palabra por palabra, el concordado de 1801 –hubo no menos de 21 redacciones sucesivas- que devolvieron a la Iglesia de Francia su estatus de hija mayor de la Iglesia. Para llevar todo esto a término, necesitó un líder: su tío Joseph Fesch. Lo que era evidente para el primer cónsul no lo era para el mundo eclesiástico, más teniendo en cuenta que Fesch había sido prácticamente un laico durante la Revolución. […]







