EL MAESTRO DESERTOR
Aquel caserío de las montañas ecuatorianas no tendría más de diez casas. Además las dificultades en los accesos terrestres, tanto para viandantes como para gente motorizada, aislaban aún más al poblado de la civilización. A pesar de todo, una docena de chiquillos-as frecuentaba la escuela, en la que tenía su nombramiento definitivo el maestro titular. Ocurría que las ausencias del único educador eran más numerosas que las presencias, debido a la lejanía del lugar, a la pereza del mentado docente y a la inoperancia del Ministerio de Educación para llamar al orden a quien notoria y reiteradamente desertaba de sus labores.
Sucedió que -¡vaya casualidad¡- el párroco canónico de la zona se fue a vivir a ese poblado de manera estable -digamos que en plan ermitaño-, ya que se construyó una casita, compró unas tierras, cultivaba la chacra y decía misa los domingos. Viendo que los chicos-as del centro educativo apenas recibían clases e iban camino de caer en el analfabetismo, los padres de familia y el sacerdote denunciaron en tres ocasiones al mal pedagogo antes las autoridades del Distrito Educativo, sin que tales denuncias surtieran efecto.
Finalmente, el celoso presbítero juntó un día a las familias y les espetó : «Esperemos a ese profesorcillo el día que asome por aquí, le damos una buena paliza y lo devolvemos lisiado a su casa». Una compasiva señora respondió : «No se malito, padrecito, esperemos a que Diosito haga justicia».
Y Dios actuó justamente. Una mañana en que el docente viajaba en su moto a la remota aldea, perdió la dirección del vehículo, se desbarrancó por una ladera, se le quebraron no sé cuantos huesos y quedó paralítico de por vida. No sabemos si el Gobierno Nacional le condecoró mediante una medalla al mérito del trabajo por sufrir un accidente en horas laborales. Sí sabemos que a partir del grave percance empezó a cobrar su correspondiente pensión de invalidez. Lo que nunca supo ni sabrá es que una humilde madre de familia le libró de la anunciada y merecida golpiza, como castigo a su falta de ética profesional.







