Confesión general
Mi infancia fue una cueva sigilosa,
una sopa de gachas con harina.
una humeante estufa cadenciosa
y un jarabe para la tosferina.
La escuela era un salón húmedo y frío,
unos cantos patrióticos y hueros.
altas tapias sobre un patio sombrío
a la bulla de alegres compañeros.
Mi adolescencia fue un ababol rojo
de una doncella sobre el casto pecho,
con un fondo de tierras en rastrojo
y un pinar asombroso como techo.
La iglesia era un cabal confesionario
entre ramos de flores a María,
con viejas rezanderas del rosario
y rumores de cantos a porfía.
Mi primera película en los cines
es un jinete herido en agonía
mientras caballos de erizadas crines
relinchan en confusa algarabía.
Mi inicial viaje en tren fue harta ventura,
contemplar el océano, quimera,
subir un alto monte, una aventura
y el primer cigarrillo, una tontera.
Surcar el aire en pájaro de acero,
otear el mar desde una enorme altura,
aterrizar en un suelo extranjero
e iniciar una extraña singladura.
Desvelar el misterio de la muerte,
ver la caducidad de nuestra vida,
desconfiar del azar y de la suerte
y recordar lo que jamás se olvida.
Soñar con Dios mientras acude el sueño,
echar las siestas entre pesadillas,
dormir como sonámbulo risueño
y despertar rezando de rodillas.
Y esperar la vejez entre recuerdos,
el consuelo de viejas amistades,
la corrección de tristes desacuerdos
y el olvido de torpes liviandades.







