Una nueva encrucijada: el cambio de Rentería a Alsasua no se me hacía muy atractivo, no sabía muy bien por qué; quizás era por alejarme un poco de San Sebastián, de los lugares más o menos conocidos, de mi familia; quizás sería una mezcla de todo. Antes de encaminarnos hacia Alsasua, dejando nuestras vacaciones de agosto, nos habían reunido en Rentería para, entre otros preparativos, tener un día de retiro espiritual.
Como cosa extraordinaria, la víspera de nuestra partida, después de comer, vinieron a vernos los escolásticos, –nunca supe lo que quería decir ese nombre, para mí eran los seminaristas mayores que habían tomado ya la sotana y seguían sus estudios-; estuvieron charlando con nosotros durante el recreo, muy simpáticos, animándonos como si fueran nuestros hermanos mayores. Recuerdo que estando en un grupo me preguntaron cuántos años tenía; les dije que doce porque hasta dentro de unos días no cumplía trece; les noté que se quedaron un poco admirados y supongo que sin mala intención pero con poco tacto me soltaron unas frases que se me han quedado grabadas hasta hoy: “que no te pase nada” ,”que te sea leve”. ¿Qué querían decir?. Al día siguiente tomé, con todos mis compañeros de curso, el tren correo hacia Alsasua: era el 20 de agosto de 1950, tenía todavía 12 años. Me esperaba una nueva encrucijada ya que debía permanecer allí al menos durante tres años.
Lo primero que visitamos al entrar en la Casa-Noviciado que sería mi casa durante cuatro años fue la fuente sulfurosa que se llamaba “batueca”, tampoco nunca supe el porqué de ese nombre. Estaba entonces muy cerca de la entrada principal; con las obras realizadas desde entonces no sé si permanece la fuente o ha desaparecido. Nos acompañaron luego a lo que sería nuestro dormitorio, al ropero y después de dejar nuestras cosas más o menos ordenadas se hizo la hora de comer.
El comedor lo encontré un poco sombrío en comparación con la luz que entraba a raudales en el comedor de Rentería; sin embargo, desde el primer momento observamos que la comida era mejor: ¿sería por el cocinero?, ¿por la huerta muy bien cuidada?, ¿porque la materia prima era mejor?, ¿por los animales que había en la granja: dos vacas lecheras, un caballo, varios cerdos, muchas gallinas?. En Rentería nos cuidaban bien pero en aquellos tiempos, recién salidos de los años del hambre, con la edad que teníamos, la comida era una de las cosas importantes de nuestra vida, se notó desde el primer momento la mejoría.
No puedo decir que los primeros días de mi estancia en Alsasua fueron triunfales. Hasta septiembre no comenzaríamos las clases, estábamos medio de vacaciones, por las mañanas teníamos que aprender de memoria y recitar una por una todas las oraciones de un devocionario bastante grueso que usaríamos desde entonces. Y un día me dejó un recuerdo muy amargo la impresionante riña que recibí de un Hermano; nunca me habían reñido de esa manera; no es que fuera un niño “ejemplar” pero mi comportamiento siempre había sido normal y hasta entonces me bastaban los avisos sin mayor importancia.
Seguía respetando y queriendo a todos los Hermanos que conocía, que iban siendo muchos, y aquella manera de reñirme con aquellas voces y gritos no encajaba en mi manera de ser ni en la manera de ser de los Hermanos que había conocido; además no tenía conciencia de haber hecho nada malo: en el recreo del mediodía un escolástico me invitó a ver cómo tocaba el armónium – había varios en las clases para que fueran practicando los que tenían cierta habilidad para la música-; como recién llegado, no conocía el reglamento ni la disciplina de mi nueva Casa – Noviciado; no veía en ello ninguna falta por mi parte y estaba más o menos ensimismado viendo y escuchando cómo tocaba el armónium quien me había invitado cuando me llovieron una serie de gritos totalmente desproporcionados.
Recuerdo que lloraba de miedo, por fuera y por dentro; no sabía qué había hecho mal ni por qué me reñían, no me preguntaron nada ni me pidieron explicaciones, solamente me gritaban y no sabía si esconderme, o echar a correr. Me castigaron sin saber qué había hecho mal, no recuerdo el castigo porque estaba paralizado por el terror. Pensaba que Dios no querría llevarme por esos caminos, que no había conocido ningún Hermano con esas maneras, que mi ideal que tenía de los Hermanos se empezaba a desvanecer y que si algún día llegaba a dar clase como Hermano,- entonces no se usaba el término educador, simplemente los Hermanos se dedicaban a dar clase -, nunca, nunca, viera lo que viera o encontrara lo que encontrara, me dejaría llevar del mal genio para corregir a alguien a base de gritos desmesurados. Somos educadores y nunca tenemos derecho a romper el alma de un niño.
Después de este incidente, llegado septiembre comenzamos el curso. Notaba más seriedad en el horario y las clases empezaban a las siete de la mañana ya que nos levantábamos a las seis. Convivíamos tres grupos distintos: los “escolásticos” con sus votos religiosos; los novicios que se preparaban para profesar y nosotros los “postulantes”. Tanto los estudios como las oraciones que teníamos a lo largo del día los aceptaba en mi interior sin más preguntas; debía ser así y adelante. Salíamos de paseo los martes, una vuelta corta, los jueves, un poco más larga, y los domingos.
En los paseos normalmente no nos mezclábamos los grupos Me llamó la atención que nunca pasábamos por el pueblo. ¿Por qué siempre evitábamos el pueblo? Los mayores (escolásticos), como más entendidos, me dijeron en cierta ocasión que era para que no nos fijáramos en las chicas y salvaguardar así nuestra vocación. ¿Sería ese el verdadero motivo? Nunca lo supe. Recuerdo que un día visitamos la Parroquia: 1950 era un Año santo y para ganar el jubileo había que entrar en una iglesia determinada. Ese día pasamos por el pueblo pero en filas de dos en dos y rezando el rosario en voz alta; sinceramente lo encontré demasiado serio para unos adolescentes por mucho que nos preparábamos para ser Hermanos.
En mi alma de niño que sentía de verdad el cariño de Jesús, del Corazón de Jesús, pensé que los caminos por los que me llevaba en aquellos momentos eran un poco raros.
Luis María García







